Las palabras
buscan una salida de ese túnel donde crean su hogar. Nacen en una pequeña aldea
inundada de todos los sentimientos, y allí, justo allí es donde se crean e
inician su viaje. Poco a poco caminan por los laberintos del corazón hasta que
una descarga del exterior las hace salir. A veces lo hacen despacio, con la
calma de quien piensa, y otras con la rapidez de quien siente.
Pero
una vez que han salido, nunca más podrán volver a entrar.
Y tal
vez, sean justo esas que nunca ven la luz las que más duelen. Esas que siempre
te has negado a aceptar. Esas que nacen y se alimentan de la parte dulce de la
vida, de esa llamada felicidad. Esas que duelen tanto que ni las lágrimas
limpian su rastro. Esas que matan las caricias y que quitan el sabor de los
besos.
Y a
veces me pregunto cómo sería decir todo lo que callé, dejar por escrito todo lo
que pensé, o intentar expresar todo lo que sentí. Pero nunca lo hago, nunca
dejo esa falsa sonrisa en casa. Déjame decirte que nada duele más que engañarse
a uno mismo, porque seamos honestos, todo esto es por ti.
¿Soy una
cobarde? ¿Tengo miedo? ¿A qué?
Quizá
el rechazo sea algo que no pueda soportar, quizá un: No siento lo mismo, me
matase. Pero cada vez que callo; miento, y es que cada vez que te veo quiero
decirte tantas cosas que me pierdo a mí misma entre tantos silencios.
Déjame
besarte, prometo no romper tu sonrisa, ven a mis brazos, te llenaré de
caricias, te quiero… Tantas palabras que nunca fueron dichas y que hoy pesan
como el plomo.
Y a
veces, solo a veces me pregunto que soy para ti, cuales son las cosas que nunca
dijiste, y cuales aquellas que nunca debiste decir.